MADUREZ NEUROLÓGICA, ESPECIALIZACIÓN CEREBRAL, FUNCIONAMIENTO DE LOS ANALIZADORES Y ÓRGANOS DEL HABLA
El incremento en el dominio de la lengua por parte del niño, está ligado al crecimiento del cerebro y a los avances en la organización del mismo. Lenneberg (1967, 1968) demostró que la aparición y complejidad ascendente en el habla y el lenguaje, en los primeros años de vida, iban paralelos al desarrollo motor. Como las conexiones dendríticas de las células cerebrales se elevan en número y complejidad, los infantes son capaces en forma creciente de ejecutar actos perceptuales, motores y lingüísticos cada vez más complicados.
Perceptualmente, el habla ya tiene un estatus único para el bebé desde las primeras horas o días de nacido. Los neonatos discriminan el habla de otros sonidos o ruidos (Alegria y Noirot, 1982), y, quizás como resultado de la estimulación intrauterina, prefieren la voz de la madre a la de "extraños" (DeCasper y Fifer, 1980). Eimas y colaboradores (1971) notaron que los infantes a la edad de un mes de vida, distinguen entre categorías cercanas de sonidos del habla (por ejemplo, consonantes sordas / sonoras). Más adelante, sobre los siguientes siete meses, la maduración del sistema nervioso central y las experiencias de escucha en su ambiente lingüístico, conducen al niño a distinguir cada vez más finos rasgos fonéticos de la lengua (Eimas, 1979). Pero algunos niños presentan limitaciones en sus capacidades para aprehender la información auditiva. Más allá de los obvios problemas asociados con la pérdida auditiva, están aquellos que involucran el procesamiento de la señal del habla (abstracción u organización de la información). Parece que tales niños adquieren el lenguaje más lentamente y por lo general experimentan también dificultades al aprender a leer (deHirsch, 1961; Menyuk, 1976).
Los niños con pérdidas auditivas, sean permanentes o intermitentes por un largo tiempo, no se benefician suficientemente de la estimulación normal del lenguaje, para mantenerse dentro de los parámetros temporales normales para la adquisición de éste. Por lo tanto, es importante que la institución educativa cuente con un registro de los estudiantes que presentan algún tipo de problema auditivo o hayan evidenciado otitis media en los primeros años de vida, ya que diversos investigadores han reportado que el aprendizaje se retrasa en niños con estas patologías (Eisen, 1962; Holm y Kunze, 1969; Kaplan, Fleshman y Bender, 1973; Katz y Ullmer, 1972; Needleman, 1977). Esto podría explicarse teniendo en cuenta los estudios de Werker (1982), Werker, Gilbert, Humphrey y Tees (1981); Werker y Tees (1984) los cuales han demostrado que durante la segunda parte del primer año, los infantes pueden gradualmente perder capacidad para distinguir contrastes sonoros no usados en su idioma nativo.
Imaginemos que en ese primer año el bebé ha presentado episodios de otitis media. Obviamente escuchará el habla de manera distorsionada y se conformarán engramas auditivo - articulatorios igualmente distorsionados. Una vez tratada farmacológicamente y curada la otitis, le será muy difícil al niño reestructurar esos engramas, según los parámetros dados por el medio lingüístico circundante y se registrará posiblemente un retraso en el desarrollo del lenguaje. Ya sabemos cómo repercutiría tentativamente esto en la adquisición de la lecto - escritura. De otro lado, la presencia de un agente extraño dentro del oído medio podría ampliar la latencia entre la producción del sonido por la fuente sonora y la recepción del mismo en el oído interno, lo cual desequilibraría la asociación visuo - auditiva de la corriente del habla y la percepción rítmica, que afectaría con seguridad el aprendizaje del habla en una forma adecuada.
Muchos niños con audición normal evidencian lagunas en el desarrollo lingüístico y por lo tanto se retardan en la adquisición de la lectura. Satz, Friel y Rudegeair (1976) sugieren que las extremas dificultades para adquirir la lectura pueden explicarse como consecuencia de un incremento en la latencia de la maduración del cerebro, lo que conduce a un retraso en adquirir tempranas habilidades sensoperceptuales tales como discriminación auditiva y desarrollo fonológico, y posteriormente habilidades lingüístico - conceptuales, tales como semántica y sintaxis, que son críticas para la adquisición de la lectura. Por ejemplo, Marín y colaboradores (1979) y Shleinger (1975), citados por Ardila (1984), proponen que la organización de los programas motrices del habla tiene un desarrollo paralelo con la sintaxis y ambos se encuentran fundamentados en las mismas estructuras nerviosas.
Los niños con dificultades para el procesamiento auditivo parecen no ser capaces de responder eficientemente a los niveles normales de estimulación lingüística y así también son incapaces de mantenerse dentro de los parámetros temporales normales en el desarrollo del lenguaje. Similarmente, algunos niños pueden tener dificultad para establecer conexiones eficientes entre la ejecución cognitiva y motora, que les permita articular los rasgos del habla en forma efectiva, los cuales sí son capaces de captar intelectualmente. Tallal (1987), en un estudio longitudinal que involucró subtipos de niños con retrasos en el desarrollo del lenguaje, notó que son las alteraciones neuropsicológicas más que los trastornos en el conocimiento lingüístico, por sí mismos, las que hacían la distinción entre los grupos mencionados.
De otro lado, Stark (1988) estudió el desarrollo fonológico de 45 bebés, con edades entre los 2 y los 18 meses, aparentemente normales de acuerdo con los reportes del nacimiento y antecedentes pediátricos. Ella examinó a 30 de éstos cuando estaban en segundo grado y concluyó que las subsecuentes dificultades en la lectura podrían predecirse sobre la base de la identificación temprana de un retraso en el desarrollo fonológico. Sugirió que un significativo incremento en la latencia del desarrollo de las habilidades motoras del habla, debería considerarse como predictor de la dificultad para la lectura. Broman, Bien y Shaughnessy (1985) en una investigación sobre los niños con bajos niveles de adquisición de la lectura notaron que éstos tienden a presentar una historia de problemas en la producción e inteligibilidad del habla, sugestiva de un retraso en la maduración del sistema nervioso central.